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En EE. UU. está a punto de aprobarse la comercialización de Lybrel: Una píldora para acabar con el periodo. La polémica está servida.

Y como refleja el documental: ‘Period: ¿The end of menstruation?‘ de la realizadora Giovanna Chesler, el tema ha provocado un encendido debate en la sociedad americana.La píldora anticonceptiva, que no contempla descansos por lo que sus usuarias no tendrán más la regla, estará disponible a partir de este mes si la agencia estadounidense del medicamento, la FDA, da el visto bueno, como está previsto, a Lybrel.

Ya en 2003 la farmacéutica Barr lanzó al mercado Seasonale, cuya patente le fue concedida de nuevo el mes pasado, con el que sólo se tienen cuatro reglas al año. En septiembre de 2006, la versión genérica de este producto, fabricada por Watson, se puso a la venta. Los datos económicos indican que ninguno de los dos se ha llevado un gran pedazo de ese pastel que son los 1.700 millones de dólares que supone el mercado de los anticonceptivos orales en EEUU.

En cambio las expectativas de Wyeth, la compañía que está detrás de Lybrel, son muy optimistas ya que, según informó su director para la salud de la mujer, Ginger Constantine, esperan alcanzar ventas anuales por valor de 250 millones de dólares. Según la compañía, las encuestas que han realizado sugieren que casi dos tercios de las mujeres estarían dispuestas. Sin embargo, Wyeth tendrá que convencer a las usuarias potenciales de los beneficios y desterrar sus miedos. Esas mismas encuestas también revelan que la mitad de las mujeres se sienten cómodas con sus periodos, como indicador de que no están embarazadas. “La idea de que la menstruación debe ocurrir mensualmente en mujeres sanas, no embarazadas, se ha perpetuado con el empleo de contraceptivos orales diseñados para imitar la duración media de un ciclo menstrual normal“, lamenta el médico Andrew Kaunitz (especialista en salud reproductiva e investigador de Seasonale) en su famoso ensayo ‘Escoger si, y cuándo, menstruar’.

El abanico de opiniones es amplio, desde mujeres que rechazan su menstruación a las que la ven como algo espiritual, pero lo más frecuente es tener sentimientos enfrentados y el paso de suprimir la regla suele ser difícil de dar. Agrupaciones como la Sociedad para la Investigación sobre el Ciclo Menstrual (que aúna a mujeres de diversas disciplinas, como médicos, psicólogas y políticas) emitió en 2003 un comunicado en el que insistía en que hace falta más información sobre la seguridad de la píldora que elimina la menstruación. La medicina, defienden, todavía no comprende las implicaciones a largo plazo de interrumpir a largo plazo los periodos femeninos. Muchos críticos recuerdan los riesgos que, con el tiempo, mostraron las hormonas para la menopausia. “Alterar el clima hormonal de las mujeres sanas, con menstruación, con el propósito de acabar con sus periodos es, en una palabra, imprudente“, dice una airada Susan Rako, médico especialista en salud de la mujer y autora de numerosos libros sobre el tema. Para Rako, se trata el “mayor experimento sin control de la historia de la ciencia médica“.

Sin embargo, sus partidarios defienden que, según los estudios realizados, no parece tener más riesgos que las píldoras anticonceptivas. Señalan, asimismo, los millones de mujeres que, cada mes, no acuden al colegio o al trabajo a causa de sus dolorosos periodos. Para los que se aferran al carácter natural de la menstruación, Kaunitz recuerda un dato: “las mujeres occidentales actuales tienen unos 450 periodos hasta la menopausia, mientras que sus ancestros preagrícolas tenían unas 160 ovulaciones en toda su vida“.

El tema ha inspirado el documental de Giovanna Chesler, Periodo: ¿El fin de la menstruación?, que actualmente se exhibe en los campus de las universidades y entre grupos feministas.

En España la Sociedad Española de Contracepción se atrevió, hace un par de semanas, a augurar que con esa píldora se producirá una “segunda revolución social“, una revolución similar a la que en los 60 hizo posible desvincular el sexo de la procreación. Pero las respuestas a esa pregunta son múltiples. Algunos expertos aseguran que tomarla puede prevenir de patologías como la endometriosis y reducir el porcentaje de histerectomías (extirpación del útero). Aseguran que no implica más riesgos que el tratamiento hormonal hasta ahora conocido.

Mientras tanto algunas voces de la medicina feminista alertan de que suprimir la regla es eliminar un indicador de salud. Los cambios que traerían estos nuevos fármacos han sido objeto de debate en los foros de mujeres y en jornadas feministas. Tomar la actual píldora anticonceptiva, la que prevé siete días de descanso al mes, equivale ya a decirle al cuerpo que la menstruación no le es necesaria. Si se administran estrógenos y progesterona, el cerebro recibe una información que le indica que ya se ha ovulado, por lo que no segrega la hormona que estimularía el ovario. Partiendo de esta premisa, la ciencia no ha dejado de indagar acerca de las posibilidades de suprimir la regla y con ella esas molestias que impiden a un 75% de las mujeres españolas sentirse igual de bien y rendir al máximo los 28 días de su ciclo (según estudios de Bayer Schering Pharma AG).

Si no se descansara esos siete días cada ciclo, no aparecería ninguna pérdida similar a la regla, pero para dar sensación de normalidad, interrumpimos la toma cada 21 días, tanto si es en pastillas como si son parches (que se cambian una vez cada semana durante tres semanas) o anillo vaginal, que se deja puesto 21 días“, explica el doctor Joaquim Calaf, responsable del servicio de Obstetricia y Ginecología de Sant Pau. Calaf asegura que no hay ningún riesgo añadido para la salud en la administración prolongada de hormonas con respecto al tratamiento tomado de manera normal. “Los estudios son sólidos y las combinaciones han sido comercializadas en Estados Unidos: ya sabemos que allí son muy estrictos con la normativa“, añade. “Los únicos efectos secundarios son de comodidad“.

menstruacion

La doctora Carme Valls i Llobet discrepa. La endocrinóloga y directora del programa Mujer, salud y calidad de vida, del Centre d’Anàlisi i Programes Sanitaris (CAPS), reconoce que metabólicamente es lo mismo descansar que no descansar, porque la regla que se produce siguiendo un tratamiento hormonal no es una regla normal, sino la pérdida de un trozo de tejido endometrial. “Pero, cuidado, no cicla sólo el útero, sino todo el cuerpo. Tal vez dentro de dos mil años sea posible introducir cambios en una armonía, pero no por ahora“. Para muchas mujeres y profesionales de la ginecología, suprimir la menstruación supondría un progreso para las mujeres, una vez superada la intranquilidad que puede producirles el hecho de no sangrar mensualmente y, por ende, corroborar que no se está embarazada.

Valls considera que esto es así porque no se les explica claramente que para ello deberán seguir un tratamiento hormonal durante años ni se les habla de las consecuencias que el tratamiento prolongado podría tener (cáncer de mama, de endometrio, incremento de enfermedades autoinmunes, obesidad, colelitiasis, endocrinopatías…). “El primer problema es que no se ha estudiado la relación entre el uso de tratamiento hormonal anticonceptivo y la calidad de vida de las personas. Usarlos cambia la libido y la armonía del hipotálamo de las mujeres. Es un problema sutil, pero muchas indican que tienen alteraciones en la apetencia sexual. Además, aumenta aspectos hiperestrogénicos: por ejemplo, pueden aumentar la autoinmunidad y, por lo tanto, las enfermedades de tiroides relacionadas, como la tiroiditis autoinmune. También pueden alterar los lípidos y el colesterol, o incrementar el riesgo de trombosis“.

Otro aspecto de discrepancia es la rapidez con que la regla vuelve a estar presente. Según el doctor Calaf, a los 20 días de dejar de tomar la píldora prolongada se vuelve a ovular, y a los 45 días se tiene la regla. En cambio, la doctora Valls constata casos en los que las mujeres han tardado entre uno y tres años en quedarse embarazadas.

No han pasado ni dos años desde que la Agencia Española de Medicamento informó de los riesgo de anticonceptivos con progestágenos de tercera generación (gestodeno y desogestrol) en las mujeres con antecedentes de enfermedad tromboembólica venosa, infarto de miocardio o accidentes cerebrovasculares. Estudios de la OMS, de la farmacéutica Schering y de la Universidad de Boston corroboraron que las usuarias de esas píldoras corren el doble de riesgo de trombosis. Y desde la Clínica Mayo y la Universidad de Minnesota se había demostrado ya que las mujeres que usaron anticonceptivos orales en EE. UU. antes de 1975 presentaron mayor riesgo de cáncer de mama.

La doctora Valls no duda: “Cuando la menstruación, gracias a la mejor nutrición y a la posibilidad de planificar los embarazos, es una realidad mensual para millones de mujeres, se convierte en un indicador del estado de salud desde la adolescencia, ya que las situaciones de estrés físico o mental, las anemias, las deficiencias nutricionales o la pérdida de peso pueden alterar su ritmo. Si no funciona bien, significa que hay una alteración metabólica, endocrina, psicológica o social (como el estrés). Abolirla no elimina los problemas, sólo se tapan y pueden aparecer otros. Darla a personas con problemas en su ciclo menstrual falsea el problema. Y si no hay molestias, ¿por qué darla?“.

El presidente de la Sociedad Española de la Contracepción, Ezequiel Pérez Campos, destacaba hace unos días que aún quedan mitos en torno a la regla: “Sirve para expulsar malos humores y toxinas” o “es el gran símbolo de la feminidad“. Para Valls, no se puede llamar retrógrado a quien quiere conservar la regla. “¿Es conservador conservar la propia armonía? ¿Es conservador no hacer un cambio climático? ¿Es eso lo que nos molesta o una regla abundante, porque todo a nuestro alrededor es estrogénico: los gases de los coches, los insecticidas, los alimentos hormonados y las dioxinas del pescado? No pueden demostrarnos que no tendrá efectos secundarios, así que los retrógrados son ellos“.

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