El envejecimiento es un proceso muy complejo que trae consigo cambios moleculares que se manifiestan a nivel celular, histológico y anatómico, siendo el envejecimiento cutáneo una de sus manifestaciones más evidentes.

Actualmente, y gracias a los avances de la ciencia, se ha elevado de manera importante la esperanza de vida en los países civilizados aumentando la edad de la población y, sobre todo, su estado de salud. La edad avanzada ha dejado de ser, por si misma, una limitación y se ha convertido en una período de nueva vitalidad que, en muchas ocasiones, contrasta con un aspecto avejentado. Aunque por el momento no contamos con ninguna fórmula que detenga la involución del cuerpo, gracias a los avances en el conocimiento de los mecanismos que entran en juego en el fenómeno del envejecimiento, actualmente disponemos de numerosas técnicas que nos permiten aminorar, e incluso corregir, los deterioros acarreados por el tiempo en la piel.

El abanico de posibilidades terapéuticas se ha incrementado inmensamente en los últimos años. Hoy contamos con cosméticos eficaces para uso personal. Los cuidados faciales en cabina por parte de la esteticista se han sofisticado y comprenden desde la simple hidratación y masajes hasta la electroestimulación, láser (He-Ne o infrarrojos) y peelings superficiales. Los peelings de mediana profundidad y los profundos, de uso médico, ofrecen magníficos resultados sobre todo cuando se combinan con técnicas como las inyecciones de toxina botulínica, la mesoterapia y los rellenos. Estos pueden ser realizados con injertos de tejidos propios o con implantes temporales o definitivos de material sintético.

Por otra parte, los procedimientos quirúrgicos propiamente dichos son, sin duda, los que nos proporcionan los resultados más espectaculares. Cabe destacar dentro del capítulo del rejuvenecimiento facial los estiramientos (lifting de cara, cuello y frente), la blefaroplastia, la dermoabrasión y el peeling (IPL, láser o fenol).

Por tal motivo, hoy día, los profesionales de la estética debemos conocer a la perfección cada uno de estos procedimientos, cuándo y para qué deben ser empleados (indicaciones), cuáles son los problemas que pueden acarrear (complicaciones) y recomendar, en cada caso, la terapia o terapias más adecuadas. Es decir, debemos entender muy bien lo que desea el o la paciente y ofrecerle aquello que pueda procurar una mejor solución para tal demanda.

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