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La crioterapia es una disciplina médica que ha ganado muchos adeptos en los últimos años. Empezó como una práctica reservada a los deportistas de élite, por la rapidez de curación que ofrecía en determinadas lesiones y dolencias, y hoy en día ya se encuentra generalizada, y cualquiera puede beneficiarse de sus efectos.

Etimológicamente, la palabra “crioterapia” proviene de los vocablos griegos “kriós”, que significa frío, helado; y “therapía”, que se puede traducir como cirugía o trabajo manual. Los tres efectos principales de la misma son la analgesia sobre el cuerpo, la analgesia que puede producir y su potencia vasoconstrictora. Por ello, tiene un gran poder antiinflamatorio y hace que se aumente la tensión arterial. Algunos de los nombres bajo los que se conoce esta práctica son criocirugía, terapia de crioablación dirigida o simplemente crioablación. En todos los casos, la nomenclatura se refiere a los mismos procesos y procedimientos, salvo en el caso de “criopcirugía”, que designa una intervención abierta y quirúrgica, y podría considerarse una rama más de esta práctica.

En el tratamiento con crioterapia, generalmente se emplea gas de argón o nitrógeno líquido fluyendo a través de un aplicador que, generalmente, tiene forma de aguja y que se conoce con el nombre de criosonda. En ese momento, se genera un frío muy intenso, por debajo de los 170 grados bajo cero, que congela y destruye los tejidos que están enfermos. El seguimiento del tratamiento se realiza de muchas manera diferentes, tanto con tomografías computerizadas como con ultrasonidos. También se pueden utilizar resonancias magnéticas, y la aplicación de cualquiera de estas tres técnicas no afecta en absoluto al resultado final, ya que cada especialista emplea la que cree más adecuada.

Son muchas las aplicaciones en las que se usa la crioterapia. Desde tumores en la piel hasta nódulos, pasando por la eliminación de lunares precancerosos, verrugas, pecas poco estéticas, microrroturas fibrilares, tendinitis, sobrecargas musculares… en resumen, se pueden obtener sus beneficios tanto a nivel estético como a nivel de salud, no solamente en lesiones deportivas, sino en dolencias cotidianas que cualquiera de nosotros está expuesto a sufrir en el día a día.

A la hora de realizar la aplicación de esta técnica, generalmente esta se realiza en sesiones muy cortas. Cada una de ellas dura dos, cuatro o cinco minutos, dependiendo de la zona donde se vaya a aplicar y de la dolencia que se quiera tratar. Lo más recomendable es seguir un tratamiento de alrededor de diez sesiones, para asegurarse de que se completa todo el ciclo y se ha conseguido eliminar la dolencia sobre la que se está actuando. Más allá de diez sesiones, el cuerpo puede resentirse, por lo que es recomendable realizar un descanso entre grupos de sesiones.

La manera en que actúa este tratamiento es múltiple. Por un lado el tejido enfermo se ve afectado por las bajas temperaturas, y mediante el hielo en el fluido fuera de las células, se consigue la deshidratación celular. Cuando el hielo se pone dentro de las células, el frío que se debe aplicar no debe ser inferior a los 40 grados bajo cero para evitar otro tipo de complicaciones derivadas. También se puede conseguir la explosión del tejido gracias a la inflamación que causa la expansión del hielo en el interior de la célula, o el caso contrario, por el acto de encogimiento que sufre cuando el agua sale de su interior. El último de los efectos de la crioterapia es el de conseguir en el tejido enfermo la pérdida de suministro de sangre, cuando el hielo que se forma en los vasos sanguíneos de pequeño tamaño acaba por completo con el flujo sanguíneo hacia las células tumorosas o hacia la inflamación. En el caso de los tumores, se realiza su congelación y descongelación de manera continua, dejando paso a los glóbulos blancos del propio organismo, que se encargan de reparar los daños en la zona donde se ha aplicado la crioterapia.

No se requiere una preparación exhaustiva a la hora de recibir crioterapia, ya que se trata de una operación ambulatoria, aunque en algunos casos la hospitalización es necesaria. En algunos casos, se recomienda tomar previamente antiinflamatorios, como el ibuprofeno, aunque no resulta necesario. Cuando la intervención es cutánea, el paciente suele salir por su propio pie, y la aplicación se realiza de manera directa sobre la zona afectada. Si el tratamiento es sobre tumores de mayor profundidad, se ha de realizar un procedimiento en el que entren en juego aplicadores ya mencionados, como es el caso de las criosondas.

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