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Para algunos es una quimera, un engaño; a otros les ha reportado ventas millonarias de libros. ¿Existe el polémico punto G?

Escribía Gonzalo Cansino, hace unos años, un artículo muy divertido titulado ““Con G’ de Engaño”” en el que hablaba sobre la caída de un mito de la moderna sexualidad femenina. Según él al parecer todo había sido, eso, un engaño. Para lo cual hacía referencia a Terrence M. Hines, autor del artículo ““The G-spot: A modern gynecologic myth””: “”Se ha engañado a las mujeres durante aproximadamente 20 años acerca de una parte importante de su sexualidad[…] Algunas mujeres pueden llegar a sentirse muy mal consigo mismas y su sexualidad si no son capaces de encontrar el punto G, pero no hay nada que encontrar””. Tras revisar la evidencia (anatómica, bioquímica y conductual) sobre el punto G, Hines llega a la conclusión de que “”es como un extraterrestre ginecológico: se le ha buscado mucho, se ha discutido mucho, pero no se ha verificado por métodos objetivos””. Y añade: “”La evidencia científica que se cita, por lo general, para apoyar la existencia del punto G es tan insuficiente que casi produce risa”.”

Desde su descubrimiento en 1950 por el ginecólogo alemán Ernest Gräfenberg la existencia del punto G ha estado rodeada de polémica. Negada por unos y defendida por otros ha dado lugar a numerosos debates, manifiestos y artículos sobre su veracidad.

Historia

Como suele suceder el descubrimiento científico del punto G estuvo precedido durante siglos por la tradición de otras culturas, como es el caso de la panameña, en cuyas prácticas sexuales se admite la sensibilidad de la cara interna de la vagina como una práctica habitual y se la conoce con el nombre de ““la bella loca”.

Hipócrates hablaba de semen femenino, posteriormente fue Galeno quien no ateniéndose a las tesis aristotélicas, defendió la existencia de un líquido seminal femenino. De Graaf (1672), postulaba la existencia de la “prostatae” femenina o “corpus glandulosum” que, según él, segregaba un jugo que hacía a la mujer más libidinosa. Ya en nuestra época la apuesta más importante la realizó Gräfenberg (1950), quien quiso demostrar la presencia de un área (actualmente denominada punto G) en el tercio medio de la pared anterior de la vagina, cuya estimulación acarrearía la emisión de un líquido en el momento del orgasmo.

Sin embargo, fue el trabajo de Ladas, Whipple y Perry sobre el punto G en 1982, el que más contribuyó a la difusión social del tema, generándose una nueva etapa en la investigación de la respuesta sexual femenina.

Concluyeron que en la vagina había un lugar “extremadamente sensible a la presión fuerte”, que bajo un estímulo adecuado lograba desencadenar orgasmos en serie. Además, dieron a conocer la existencia de la eyaculación femenina y la relación entre la fuerza del músculo pubococcígeo de una mujer y su capacidad orgásmica.

Pero sus aportaciones no se circunscribieron al género femenino, también informaron de la existencia de un punto G masculino. En resumen, explicaron que existen varias clases de orgasmos en hombres y mujeres: en las mujeres existen el vulvar, que se desencadena en el clítoris; el uterino, que se produce durante el acto sexual, y una combinación de ambos, mientras que en los hombres existe uno producido en el miembro y otro en la próstata. Estos hallazgos provocaron de inmediato un fenómeno cultural. El libro donde se dieron a conocer estas investigaciones “”El Punto G y otros descubrimientos recientes sobre sexualidad”” fue traducido rápidamente a 19 idiomas.

Fisiología

El punto de Gräfenberg, más conocido como punto G, es una pequeña zona del área genital de las mujeres localizada detrás del hueso púbico y alrededor de la uretra. Es parte de la esponja uretral, donde se encuentran los conductos de Skene, conjunto glandular denominado “próstata femenina”.

La estimulación del punto G mediante el uso de un dedo o la lengua es posible gracias a la presión combinada de empujar el clítoris hacia abajo mientras se arquea la lengua o el dedo hacia arriba en un movimiento de llamada. El dedo o la lengua deben estar entre 2,5 y 7,5 centímetros dentro de la vagina para que dé resultado. Sin embargo, cada mujer puede necesitar una forma diferente de estimulación.

Según sus defensores la estimulación del punto G propicia un orgasmo más vigoroso y satisfactorio y es la causa de la eyaculación femenina. La composición de este “eyaculado” no contiene apenas urea, a diferencia de la orina, sino que se basa en ácido cítrico, fructosa y antígeno prostático (componente específico de la próstata masculina presente en el semen). Esto lo hace muy similar al líquido seminal pero sin contener espermatozoides. En algunos casos se expulsa a chorro. La emisión de este líquido suele dar a las mujeres la impresión de que se van a orinar, por lo que en ocasiones prefieren reprimir el orgasmo.

El 90% de las mujeres obtienen sus orgasmos por estimulación del clítoris, debido en gran medida al desconocimiento del punto G y a la imposibilidad de obtener el que se ha dado en llamar orgasmo vaginal.

Todavía en el siglo pasado el intelectual Lord Acton escribió: “Afortunadamente para la sociedad, la idea de que las mujeres tengan sensaciones sexuales puede ser descartada, ya que no es más que una solemne tontería”. Y aún hoy no se puede decir que esta mentalidad haya sido completamente superada.

La estimulación, el diálogo, la paciencia y liberarse de tabúes es la manera más segura de encontrarlo. Descubrir el punto G no es una tarea fácil por lo que algunas mujeres llegan a creer que no lo poseen. Artículos como el del señor Cansino, en el que termina diciendo: ““si estuviera allí, probablemente no se habría pasado por alto””, no ayudan.

Durante la conferencia “”En busca de la plenitud, más allá del punto G“”, Beverly Whipple, actual Secretaria General de la Asociación Mundial de Sexología, pidió que cada uno se conozca en el terreno de la sexualidad, para que después comparta esta información con su pareja y llamó a romper la conspiración del silencio que rodea el tema del placer: “Los hombres no saben qué hacer con las mujeres y ellas no quieren decirles lo que quieren para no dañar su ego, así que todos nos quedamos sin información. Las personas deben ser conscientes de lo que les gusta para después comunicárselo a su compañero, así que si de prescripciones se tratara yo sugeriría: hablar, hablar, hablar.”

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